En esta segunda parte no voy a hablar de atletismo ni entrenamientos, ni carreras ni nada por el estilo. Lo voy a hacer de un tema que se me quedó en el tintero el pasado viernes.
Antes de nada, me pongo en situación: yo vivo en Mijas, un pueblito blanco situado en la ladera de la Sierra del mismo nombre ubicado a 30 kms de Málaga y en plena Costa del Sol. Pueblo turístico, con multitud de residentes extranjeros, mayoritariamente británicos, germanos y escandinavos. Bien. De un tiempo a esta parte se observa que están proliferando los negocios regentados por residentes extranjeros destinados fundamentalmente a la hostelería y a tiendas de artículos de regalos. En esos negocios puedes leer los típicos reclamos en los que puedes saber lo que comer, beber y comprar, pero sólo si sabes inglés y/o alemán. Libertad de expresión, sí. Si es más o menos legal pienso que es lo de menos en este caso. Lo que sí me parece es una tomadura de pelo ver en un pueblito andaluz, o levantino, o del Cabo de Buena Esperanza, letreros, carteles, publicidad, en un idioma distinto del lugar en que te encuentras. Vamos, que si va una parejita jubilada, mijeña de toda la vida, que del inglés saben que es un tío que vive más allás de los pirineos, se sientan para tomarse un refrigerio y dice: ¿tó qué é? Yo no me entero de lo que pone aquí. Y, claro, el señor se mosquea, no se entiende con l@s camerer@s, se levanta y se va al Bar Porras de toda la vida. No se, no se. Por un lado me da igual porque no pienso ir a un sitio así, pero por otro me repatea porque me toca la moral.
Se que en algunos municipios les están pidiendo que lo pongan, además de en el idioma que sea también en idioma del lugar, llamándoles un poco la atención. Aquí aún no lo han hecho, pero ¿lo deberían hacer?
Ala, ya me quedo más tranquilo.
Salud y buen día