De un tiempo a esta parte, cuando se inventaron, allá por el Siglo X (no el 10º, sino X - e quis -), esos papelitos en los que se podían ver nombres de platos de comida, de bebidas, de vinos, de postres, ahora denominados Cartas y que suelen estar colocados sobre las mesas de los comensales o en algún lugar visible, he venido observando (no desde el Siglo X, sino desde que tengo uso de razón, y eso pudo ser entre el Siglo XX y el XXI) que se va innovando en la forma de ofrecer las distintas viandas y refrigerios a los potenciales clientes y usuarios. En función de la categoría del restaurante, del tipo de comida, del buen o mal gusto del propietario, o del gerente, o del metre (es por no decir maitre), o del jefecillo que se encargue de esos menesteres, las cartas tienen infinitas formas y colores, tamaños y diseños, hasta olores y sabores, que eso ya dependerá de cada uno o de la imaginación. Las hay sosas, la mayoría; ñoñas, cada vez más; útiles, casi todas; inútiles, algunas, pues están en guiri y muchos no las entienden. Te pueden gustar más o gustar menos, pero casi siempre acabas comiendo algo de lo que te ofrecen o de lo que no te ofrecen, pues ya te lo recomienda el metre o el camarero/camarera en cuestión. No lo solemos dar mucha importancia a la carta, aunque si la ves dentro de su contexto, usease, el lugar donde te dispones a disfrutar, tratas de verle un sentido, le buscas los 3 pies al gato, que si la letra gótica le queda que te cagas por las bragas, que si tiene faltas de ortografía. En fin, mil cosas.
Pero como iba diciendo, de un tiempo a esta parte en que nos ha tocado vivir esas cartas son móviles, son parlanchinas. Me explico. Iba yo un día allá por el año 2002 por la bellísima ciudad de Córdoba, deleitándome con las callejuelas que dan frente a esa mravilla que es la Mezquita. Tenía hambre, bastante, así que iba buscando un restaurante donde comer. A mí me gusta elegir sitio para tan preciado momento con parsimonia, sin prisas, tampoco sin pausas claro, pues el estómago estaba a punto de imitar al terremoto de San Francisco de 1906 (ya 100 años, por dió). Me gusta mirar en la puerta los distintos platos, que si solomillo de no se qué, que si rabo de toro con no se cuánto, que si tarta de queso con arándanos...También, dependiendo de la coyuntura del momento, miro el precio, andaqueno. A medida que voy caminando voy haciendo mis cábalas y pensando, ufff, esto me gusta, eso también, y lo otro, y aquello, y ese salmorejo, y aquella dorada...hasta que me decido y que me quiten lo bailao. Pues resulta que por allí había diversos señores tratando de facilitarte la labor. Sí, sí, esos señores (normalmente son hombres, por eso no digo señoras) te cantan la carta, te tratan de acariciar los oidos con los platillos más ricos y sabrosos, haciendo gala de lo barato que es el lugar en cuestión, er mehó del lugá. No está mal del todo, no, pero es que se arrejuntan y van hacia tí en tromba. A mí que me registren, que yo no he hecho ná, carajo. Un poquito de plis, dejadme elegir, dejadme que me coma el tarro antes de pensar donde acomodo mis posaderos y me dejo llevar con los manjares apetecibles. Vamos, vamos, que algún turista se habrá llegado a pensar que lo secuestraban en esta nuestra Andalucía. No me gusta, no, que hagan eso, aunque muchas veces les funciona. No conmigo.
Ya más adelante lo he podido comprobar en Torremolinos, en mi puebluqui. Y sigue sin gustarme. Y en muchos casos es un sueldo mú mal gahtáo, ya que tan sólo consiguen que le gente huya de ellos, y como tan sólo están para ese menester, pues alaaaaahhhh, toma.
¿Véis como sí que tienen patas y parlanchinean las cartas de los bares y restaurantes? Ayyyy, qué jambrecita que tengo a esta hora...

Salud y disfrutad. De todo. Eso le dijo la hormiguita a la mariquita cuando se cruzaron a la vera de la charca, ¿o no?