Esta mañana he salido a correr un rato. Ha sido en torno a 1h15 minutos lo que he corrido, para hacer 15 kilómetros. Lo he hecho cerca de casa. Yo vivo en un pueblo situado a 425 metros de altitud sobre el nivel del mar, ubicado en la falda de la Sierra de Mijas y mirando al Mar Mediterráneo. Ahí, de frente, toma castaña. Siempre he pensado que nos podemos considerar privilegiados. Tenemos la montaña al alcance de la punta de los dedos y el mar a vista de pájaro. Se podría pedir más, por supuesto, pero es un buen punto de partida para lograr vivir en armonía.

En mi trayecto correril de esta mañana he pasado varias veces por el mismo punto, desde el cual, y durante un ratito, podía ver el azul arremolinado por la espuma de las olas causada por un fuerte viento. Ese mar nuestro que decían los romanos, ese mar que lo mismo es un puente, un nexo de unión entre dos mundos, tropecientas culturas, un puente que añora sentir las pisadas de la solidaridad, el murmullo de incontables lenguas sonando al unísono, hablando entre ellas, entendiéndose, camiando cogidas de la mano.

Ese mar nuestro, y vuestro, y de ellos, que muchas veces se convierte, no en un puente, sino en una tumba, cayendo sobre ellos una pesada e inexpugnable losa.

Ese mar, objeto de la lucha por la consecución de las ilusiones, la esperanza, la vida, simplemente. La ambigüedad les otorga tanto la vida como la muerte, a modo de juego de azar. Muchos tienen papeletas, muy pocos son los agraciados por el premio ansiado. Luchemos.

Ese mar, que casi con los dedos puedo tocar. Lo pienso, lo sueño. Sumerjo mis pies, cubro mis piernas, rodeo mi cintura con su agua, ahogo mi torso, cubro mi cabeza. Me siento en su interior como un bebé a punto de ver la luz allá a lo lejos, rodeado de vida, de esperanza, de frescor, del oxígeno que moverá mi sangre.

El oxígeno. Millones de partidas de oxígeno. Hacen falta. Sí, allá, al otro lado.

Me sigo sintiendo privilegiado. En las mañanas claras, inmaculadas, puras, puedo ver, divisar, gozar, sus montañas. Es África. Es el mundo, la cuna de éste. Puentes, construyamos más puentes. Unión. Solidaridad.

Un privilegio. El Mare Nostrum a estribor. Los pinos, las adelfas a rebosar con su rosa resaltando en el verde infinito. Los pajarillos me animan, me susurran, me dan aliento. El tomillo y el romero me acompañan con su aroma.

Tal vez por eso, cuando salgo de viaje estoy deseando llegar. Si es por carretera, en cuanto siento ese olor a vida, a sal marina, me reconforto, me siento mejor, me siento en casa, como si regresara de una travesía por el desierto.

El mar, la mar. La vida.