A menudo much@s de nosotr@s pensamos que el tiempo pasa muy deprisa. El tiempo no pasa deprisa ni despacio. Un día tarda 1.440 minutos en pasar. Son muchos. Comparad lo que tardáis en conseguir un orgasmo.Dividídselo por esa cantidad de minutos. Son muchos orgasmos. ¿O no? Yo creo que sí. Seguramente pensamos eso del tiempo porque no nos da tiempo a hacer todo lo que queremos hacer, o lo que tenemos que hacer. Pero no pasa nada. Mañana también amanece, la cuenta de minutos, de segundos, se pondrá a cero. Podemos dar una patada al refrán y hacer mañana lo que no hemos podido hacer hoy. Claro que sí. Hay tiempo para todo. Para estudiar, para trabajar, para estudiar la forma de ponerse a trabajar o de encontrar trabajo, para disfrutar del tiempo de ocio, o para disfrutar del trabajo, o de los estudios, para cuidar de la familia, para dar amor, para recibirlo, para cuidarnos nosotros mismos, para viajar, para comer, para gozar de los placeres del sexo, y del amor también. Para ver la tele, para oir música, para leer un libro, o una revista, o el catecismo (¿sigue existiendo?), para oir misa, para ir a la iglesia y no oir misa, pero sí para oir lo que pasaría en ese lugar 347 años atrás. Hay tiempo para ver, oir, oler, degustar, tocar. Para mirar al cielo, ¿adónde? al cielo. Para sentir los rayos de sol, para imaginar gotas de lluvia acariciar tu piel cuando estás a pleno sol. Para mojar tus pies en la orilla del mar, del océano, de ese río que suspira por que le llegue un chorro de agua más. Para beber, para vivir.

Se que no podemos detener el tiempo. Tampoco podemos acelerarlo. Pero sí que me encanta sentir que puedo pedir un tiempo muerte y dedicarme a mirar a ningún lado, a que mi corazón divague y alocadamente y a que mi mente se sienta tan poderosa como para que las manecillas del dios Cronos me pertenecieran. Así también disfruto, también vivo. Esa música que suena me ayuda.

Salud y armonía