Yo reconozco que de niño era más bien travieso, sobre todo fuera de casa. Hoy día, con 32 años, a veces sale ese bichillo que llevo en mi interior. En ocasiones, cuando estoy en un gran supermercado comprando, por ejemplo, pescado, del que venden a granel y le pones el código que le corresponde. Será curiosidad. Será nostalgia. Pero en varias ocasiones he querido comprobar qué ocurre si al rape le pones el precio de las anillas de calamar, o de la rosada. Ya se qué ocurre, que te ahorras 15 euros. La leche, vamos. Si algún día me pillan, minocomplende miesloveno.

La hostia que calor hace. Oye, que era un secreto. Os lo cuento para que os enteréis por mí en lugar de por la prensa.