Me imagino que a todo el mundo nos gusta ir caminando por algún lugar, ya sea campo, pueblo o ciudad, y poder contemplar la presencias de lindas florecillas, esos pequeños seres cuya pequeñez no hace más que engrandecerlas por tanta belleza como nos proporcionan.

Cada uno tendremos un gusto diferente, por supuesto y menos mal. A algunos les gustarás más grandes, a otros más pequeñas, a muchos las más coloridas, a muchos también las más verdecillas, las más olorosas, las más discretas.

Son parte de la salsa de la vida, de la gracia del momento, del aroma que respiramos. Incluso aportan paz, tranquilidad, armonía, cualidades que se echan muy de menos en determinados momentos. Por eso también son apreciadas.

Dependiendo de su origen y su adaptación al habitat, las hay más delicadas, más resistentes, más agresivas, menos dóciles, pero todas y cada una de ellas son singulares, adorables, aunque algunas sean carnívoras.

Algunas de nuestras protagonistas no dejan entrever lo que hay detrás, pero le aportan un no se qué que a todos nos gusta y nos llama la atención.

Porque a mi me da igual que esas florecillas me hablen o no, sean flores de tallo arraigado en la tierra o tengan dos piernas. A mí lo que me importa es que sean tan bellas como vosotras sois.