Y miro al arroyuelo y veo el reflejo de mi cara, pero no me veo, ni tan siquiera me adivino. ¿Habrá partido mi espíritu con el transcurrir del agua? Y quiero correr tras él, pero tengo el cuerpo paralizado.

Mojo mis manos, dejo caer las frescas gotas desde mi cara hacia mi pecho. Así me acaricias, así te dejo explorar, descubrirme, navegar.

Oigo a los pajarillos mientras tanto. Su cantar me mueve el corazón, me oxigena los músculos, me activa la mente.

Me impulso para volar con vosotros, os alcanzo, os sigo. Rozamos las hojas de los árboles. Acarician los dedos de mis pies. No paramos.

Vemos el mundo desde allá arriba. Lo surcamos. Bajamos en picado. Ahora soy yo quien va acariciando tu superficie, te recorro de punta a cabo. Te llevo conmigo.

Llega la noche, tenemos a la luna por compañera. En la oscuridad ella será nuestros ojos, tú mi corazón.

Me miro en su superficie. Creo que soy yo, ahora sí. Me lanzo en picado. Me zambullo en el arroyuelo, voy bajo al agua, salpicando a uno y otro lado. Salgo del agua y me voy subiendo por los árboles, gritando, saltando, cantando, alocándome.

Me miras. ¿Te sorprendes? No lo hagas. Mírame a los ojos, pon tu mano en mi corazón. ¿Ves? Soy yo, no tienes que asustarte. A pesar de las apariencias, puedes seguirme, no tienes nada que temer. Venga, súbete.