Acabo de llegar a casa. Ha sido un duro y largo día. Tras la jornada matutina, tras la comida y poner un poco de orden con la ropa lavada he ido a dar tres masajes, todos seguidos, uno tras otro. Los tres han sido distintos, todos relajantes, pero cada uno con sus circunstancias.

En el último de ellos, de media hora, podía sentir cómo la señora estaba casi roncando, la respiración más que profunda, y se podía percibir ese halo de cuasi ronquido que yo a veces me oigo cuando comienzo a dormirme viendo la tele. Me daba envidia y todo, me habría cambiado por ella gustosamente, anda que no. Como veía que ella estaba relajadita, aproveché para mirar al techo y cerrar los ojos mientras le masajeaba la espalda. No quería presionar mucho, no fuera a despertarla, así que le iba prestando la atención justita. Ya sabéis que no me gusta molestar. La próxima vez le pido que se levante y que me dé el masaje ella a mí. Bueno, ella no, mejor la cliente anterior, jejejeje. Este Franfri.

Ahora, en casa, me apetece oir música tranquilita, suavita, para quedarme grogui, tocao del ala.

Muchas veces, a pesar de que los masajes me cansan, trato de relajarme mientras hago los masajes. Así se hacen más llevaderos y menos pesados y consigo un doble efecto. Una forma, como otra cualquiera, de ahorrarme unos eurillos en terapias. Cuando noto que el masaje está bajo control, que domino el cuerpo que tengo entre mis manos, bajo la guardia y trato de ponerme en el lugar de esa persona. Lo agradezco, lo agradece mi espalda, lo agradecen mis dedos y mis manos.

De paso, me acuerdo de que mis piernas van necesitando un masajillo, se va notando que voy cumpliendo los entrenamientos.

Ahora, a otra cosa, mariposa.

SALUD Y BUEN DÍA