Much@s de vosotros sabéis que normalmente dedico parte de mi tiempo libre a correr, por salud, por afición, por ambición, por viajar. Cuando se está mucho tiempo haciendo una actividad te da la oportunidad de tener cientos de anécdotas, decenas de circunstancias dignas de ser contadas para compartir algunas risas o tal vez algunas lágrimas, según el caso.

Seguramente, casi nadie recuerde, porque lo subí en los inicios de mis andanzas runeras, una entrada que publiqué en relación con la vaselina y las cosas del correr. Pues hete aquí que el pasado sábado el Franfri tenía que realizar el siguiente entrenamiento: 21´ Cc ida + 3 progr. + 19´ Cc vuelta + 10´ Cc. Como resulta que la noche anterior llegué muy tarde de Casares, adonde fuimos a ver a un grupo folclórico cubano, ni me acordé de que tenía en la lavadora, ya limpita, la ropa de correr.

El día de autos, al acordarme, puse el grito en el cielo. Pensé, menos mal, me pongo un pantalón corto. Lo explico porque yo normalmente salgo a correr con mallas, esa prenda de lycra o el material que sea que va pegadita a las piernas. Lo hago no porque me guste en particular, sino porque si salgo en pantalón corto se me producen unas rozaduras en los muslos que pá qué. Sí, sí, rozaduras situadas unos 8 centímetros más para abajo del perinéo o entrepierna. Como el total del entrenamiento estaría en torno a los cincuenta minutos, pensé que no tendría ningún problema. Al poco de salir, me doy cuenta de que me va rozando. Molesta, pero se aguanta. Conforme transcurre el tiempo va molestando más y más, pero al tener que hacer el recorrido de vuelta más rápido que la ida, voy más pendiente de mantener la velocidad que de las rozaduras. Cuando llego a casa y quiero entrar caminando me percato de que parezco un vaquero que monta a caballo por primera vez y que vuelve tras una cabalgada de unas pocas horas. El dolor, insoportable. No quería ni mirarme la entrepierna. El ratito de la ducha, rabiante. Parecía que me estaban poniendo sal, pimienta y limón en una herida.

Como no había tiempo para lamentos, vamos para Málaga a visitar unas naves industriales. Franfri va de chófer-guía. Me cago en tó. La gente pensaría que venía de una orgía con Nacho Vidal y Rocco Sifredi, pero nadie me decía nada. Ozú qué trabajeras para tratar de dar un pasito tras otro. Que escozor mi arma. Para evitar el dolor, tenía que caminar como Yola Berrocal tras una orgía en un ascensor del Empire State Building. Que larguita se me hizo la mañana. Menos mal que conduciendo nada de nada. Entre pitos y flautas (casi nunca mejor dicho) hasta la tarde no me puedo poner una cremita, de esas que se usan para aliviar el picor del culito de los niños chicos y pasarme casi toda la tarde-noche en la cama, despatarrao, en bolingas, con la cremita en las piernas y tratando de no moverme más de la cuenta. Vamos, fetichista total, de un sexy que ni Frankestein haciendo un estristi para la Duquesa de Alba.

Al día siguiente tenía que correr durante 80 minutos, y vete tú a saber cómo tendría tan ocultas partes a la mañana siguiente. La cita: a las ocho menos cuarto de la mañana en Marbella. Franfri se levanta, saca a Boris, se come una pera, comprueba el estado de las rozaduras, y decide intentar salir a correr. Ningún problema. Claro, esta vez con mallas, aderezado de un pegote de DermoH Infantil y la correspondiente vaselina. Finalmente, cayeron 111 minutos, cazi ná, y yo más contento que unas castañuelas. Ahora bien, sigo con el tratamiento, pero tengo mejor mis partes. Gracias.

Cambiando de tercio. Mi Boris tenía ayer una cita para demostrar su potencial. Era con una perrita llamada chispa. No pudo ser, ella es demasiado pequeñita. ¿Le doy dos piedras al pobre o le sigo buscando novia?

Un saludo y feliz semana