El pasado mes de febrero, cuando sólo llevaba varias entradas escritas, dediqué una de mis páginas a un sobrino mio: Dani.

La pasada semana lo volvieron a operar. En una de las operaciones anteriores resulta que le dejaron el fémur de la pierna izquierda rotado 100º hacia adentro. A pesar de que llevaba la escayola intuíamos que algo no iba bien, sobre todo por lo que lloraba y rabiaba el pobrecillo cuando alguien osaba acercarse lo más mínimo a su pierna. Decían que todo se solucionaría con la rehabilitación, e incluso yo lo creía así, pero nada más lejos de la realidad. Ha tenido que pasar nuevamente por el quirófano para tratar de volver a tener su piernecita como es debido. Y así está el pobre, que le levantas las sábanas y ya está en alerta, pues se piensa que somos un médico que le va a hacer algo por ahí.

De verdad, él ocupa muchos de mis pensamientos. Las lágrimas que he derramado en los últimos tiempos han sido, en gran parte, por él. A veces por alegría, por ver lo luchador que es, la garra que tiene, la fuerza de voluntad por seguir viviendo, por seguir sonriendo a un mundo que no ve pero que siente por todos los poros. Otras veces ha sido de desesperación, tal vez de impotencia, por ver que todos los palos le llegan a él, por contemplar cómo no sale de una y ya se mete en otra. Pero siempre prevalecerá su sonrisa, sus ojos abiertos de par en par para sacar una sonrisa a quien se le acerque.

Nosotros siempre estaremos contigo, siempre te daremos ese cariño que trataron de negarte cuando te abandonaron, incluso ya antes de venir a este mundo. Nosotros siempre lucharemos por tu sonrisa, por tu felicidad, por tu vida.

Por supuesto, no quiero acabar esta entrada sin dar las gracias a una persona que ha sido fundamental para que esta operación se haya podido llevar a cabo, pues ha sido en un hospital privado. Esa persona es Marifé de Triana. Gracias Mari. Se que nunca leerás esto, pero yo quiero que el mundo sepa que todavía queda gente generosa, humilde, con un corazón enorme. Gracias