En el spa donde trabajo, Caracala Spa, hay, por supuesto, hilo musical en todas las instalaciones. Desde luego, también en las 6 cabinas donde hacemos los distintos tratamientos y masajes.

En varias ocasiones he comenzado la jornada laboral y no me da tiempo a nada, ni siquiera de ir al baño. Entre tratamiento y tratamiento llegas a tener cinco minutos, suficientes para cambiar la ropa de la cabina, ir a por el cliente y regresar para comenzar el siguiente tratamiento.

Al trabajar por la tarde, después de la comida, muchas veces estoy con ciertos retortijones (espero que se escriba así). No tiene mucha importancia, a no ser que me sobrevengan cuando estoy dándole que te pego a la musculatura de algún cliente. Me ha pasado. Imaginad a un cliente o clienta, relajado o relajadita, escuchando música relajante, que normalmente es de corte asiático, o con sonidos de olas, de pajaritos... y de repente cruje el estómago del Franfri... ggggrrrrrrrrjjjjjjjjjjjjj. Lo primero que hago es darme un golpe en el estómago para que se calle. Vamos, que el estómago me hace caso. Ná de ná. Muchas veces esos retortijones tienen la causa en el hambre, pero se distinguir si es así o no. También me doy cuenta de que esos gases me salen por la representación de los otros gases, los que salen por detrás. En los sitios finos le llaman ventosidad o gas; en otros no tan finos le llaman pedo; en mi tierra le decimos peo, como cuando uno está con una borrachera de campeonato. Siempre he pensado que no es bueno reprimirse. Y, claro, fastidio al cliente con esos ruiditos desagradables. Otra opción es dejar que el gas salga por su conducto natural habitual, pero no siempre sabemos las consecuencias, a saber:

- Los decibelios con que se empresa dicho gas
- El nivel de olorosidad que desprenderá
- Si es tan sólo gas o viene acompañado de elementos sólidos

Normalmente, por respeto, me reprimo y el cliente se tiene que aguantar, muy a mi pesar, ya que poco puedo hacer.

Sin embargo, la semana pasada casi no tenía opciones. Intentaba reprimir los desagradables ruiditos, pero no había manera y me daba la impresión de que si seguía aguantando iba a tener que pedir excusas al cliente y salir para ir al baño a c.... Un recurso muy socorrido en estos casos es la tos, así que comencé a toser de forma disimiluda. La dificultad estribaba en acompasar la tos con la expulsión del gas. No me quedaba más remedio que encomendarme a los oráculos para que el aceite que uso en los masajes, con aromas esenciales de pino, tuviera un poder oloroso de mayor grado que el visitante que me dejaba y se fundía en el ambiente. Tuve suerte. El cliente no oyó nada. Yo lo oí un poquito, aunque sí que lo percibí. Ese hecho no hizo más que confirmarme que dejar salir el gas es mejor que reprimirse, pues desde ese momento no tuve más incomodidades.

Qué alivio, por tutatis.

Me volverá a pasar. Desconozco las consecuencias...