A estas alturas ya me pierdo, no se si eres una manzana, un
melocotoncito, una dulce guitarra o el objeto de mis pensamientos más traviesos.

Lo que sí se es que una y otra vez me veo acariciando tus largas y a la vez sinuosas rectas.

Te miro, te veo, te pienso, te imagino, pero te toco, te palpo, me
enciendo, me enciendes. Soy como un sol que te alcanza con sus rayos ardientes. No te quemo.

Como a la manzana de la tentación, mi piel la toca, pausada, lenta, suavemente. Quiero detenerme en cada estación, deleitarme con la vista, con el tacto, con el olfato, tal vez incluso con el gusto. La vista, el tacto, el oído están más que satisfechos. El resto quiere más.

Te apareces como un compendio de geometrías. Eres un todo que te me muestras de las más diversas y atractivas formas: triangulares, rectas, curvas, piramidales. Odio las matemáticas, pero adoro la geometría de tu ser patente. Mi ser latente fluye, late, quiere convertirse en volcán.

Corro, salto, vuelo, pero despacio, todo poquito a poco, quiero saborear, extasiarme, emborracharme. Mis ojos, tu piel, tu cabello, tus poros, tus curvas. Magnífica sintonía marcan aquéllos con éstos.

Aguanto la respiración, la boca se me hace agua, los labios se me secan.

El tiempo. Enemigo. Pasa, vuela. Intento que ralentice su marcha, pero ésta es implacable. No importa. Grabo a fuego en mi disco duro, ya rebuscaré en otro momento. Ahora.

Un torrente de lava son mis manos, tal vez buscando el mar, tal vez el cauce de tus ríos, tal vez la pendiente de tus colinas. Humo, fuego, calor, sofoco.

Me pellizco. Lo siento. No estaba soñando, ya lo retomaré en sueños. Ahora vuelvo a la realidad, ahora toca recordar y volver a soñar, despierto o dormido, eso será lo de menos.