Las primeras veces siempre suelen estar rodeada de un halo de incertidumbre, de nervios, de tensión. Unos las llevan mejor, otros peor, eso ya depende del carácter de cada uno.

Tengo ya 33 años y ayer fui mi primera vez. Desde que el pasado mes de octubre hicimos en el spa el curso de drenaje linfático, aún no había tenido la oportunidad de hacer un tratamiento de drenaje, ya que no suele pedirlo mucho la gente.

Desde que supe el miércoles que una cliente había pedido un drenaje linfático para ayer me puse nervioso, no sabía adónde acudir. Repasé las lecturas, las notas que tenemos durante los tratamientos. Parecía tenerlo todo controlado.

El tratamiento era para las piernas. La chica decía que le hacía mucha falta, aunque también era su primera vez. Eso me alentó un poco, pero no como para tirar cohetes.

En esos tratamientos siempre hacemos, independientemente de la zona a tratar, drenaje en el cuello, al ser una zona de vaciado ganglionar de vital importancia, ya que así se favorecerá la más eficaz limpieza del resto de zonas.

Al acabar el drenaje, salí de la cabina con la sensación de que fue desastroso, horrible. Tenía la impresión de que me faltó ritmo, de que la presión no era la adecuada. Una kaka, vamos.

Sin embargo, cuando vi a la chica, ella me dijo, con una enorme sonrisa y una carita de haber gozado una jartá, que se había quedado estupenda, como nueva.

Yo le mostré mi agradecimiento y mi felicitación porque ella se sintiera mejor, aunque no paré de remorderme por dentro por haber hecho mi trabajo de una forma no suficientemente satisfactoria, al menos para mí como profesional. Antes de que ella me mostrara su agradecimiento pensé que si yo fuera el responsable del spa le habría regalado el tratamiento, no le habría cobrado, pero no depende de mí ...

Tengo que practicar más, ¿algún voluntario?