Aunque ahora no se pueda oir tu música, si que suena el eco de tus melodías en mi interior. Cierro lo ojos y puedo percibir cómo el recuerdo de la armonía creada entre el amor, la pasión y el deseo sigue alimentando mis venas, sigue recorriendo mi interior.

No quiero abrir los ojos, lo veo todo mejor así, me es más fácil vislumbrar la felicidad, el gozo, la alegría de saberte querido, deseado, de poder darme cuenta de que dicho gozo es compartido, mútuo, la meta común.

No, sigo con los ojos cerrados, ya que así puedo rebobinar una y otra vez cada secuencia.

Y los abro, y, ahora viene lo mejor, estás ahí, delante de mí, con los brazos extendidos, con el corazón abierto, expectante a recibir tu dosis de muesli de amor. Y me veo en tí, siento cómo en el brillo de tus ojos puedo divisar el brillo del placer, la adrenalina que alimentará futuros deseos.

Y me abres los ojos. Y reflexiono, y concluyo: madrecita, que me quede como estoy.